sábado, 12 de octubre de 2013

Capítulo I

Soy Belladonna Bolsón de Bolsón Cerrado, una hobbit de La Comarca, y nunca en mi vida imaginé que me vería envuelta en una aventura que me llevaría más allá de simplemente recorrer estas tierras extrañas de Ilúvatar, una aventura que también me llevaría a recorrer los caminos inexplorados de mi corazón.
Decían que yo era demasiado flaca para ser una hobbit, una hobbit debía ser rolliza, de mejillas coloradas y graciosas curvas. No como yo. Decían también que yo era demasiado varonil, que parecía un niño, siempre saltando y corriendo con gran habilidad, porque yo tenía una ligereza asombrosa y podía escurrirme de cualquiera por donde quisiera. Nadie me atrapaba.
Eso no era nada atractivo, y los constantes rechazos de los otros hobbits me hacían permanecer más tiempo sola en mi cómodo y lujoso agujero-hobbit. No conocía nada del mundo exterior, un mundo de tierras llenas de magia y de leyendas que me atemorizaban.
Terribles historias me había contando mi abuelo, de hombres, elfos y enanos, de Valars, de Ilúvatar el todopoderoso… y de horribles orcos. No, nunca había visto un orco ni había experimentado la maldad de Melkor y sus criaturas malditas, ni tampoco quería ver nada de eso. Jamás.


Tenía una vida cómoda y muy despreocupada, pero algo me faltaba… no era feliz. Me pasaba las tardes sentada junto a la cerca de mi jardín viendo que no había nada allí que me perteneciera, no tenía ni familia ni amigos. Algo me faltaba y no sabía qué era, yo solamente me sentaba allí y observaba el horizonte como esperando un cambio que creí que nunca llegaría… hasta el día en que un mago llegó a La Comarca y me invitó a unirme a una aventura.
Rechacé enseguida semejante locura ¿Yo dejar mi cómoda casa para irme en una aventura desconocida allá afuera? Ya estaba lo suficientemente mal como para empeorar las cosas.
Entonces el mago, que se llamaba Gandalf, se fue y creí que no lo volvería a ver, y me sentí mal, no sé por qué. Seguí con la mirada al mago que se desaparecía por la vereda, dejándome con un desconcertante sentimiento de melancolía.
Otra vez estaba sola y esa noche el silencio en la casa era agobiante. ¿Qué me iba a imaginar yo lo que sucedería esa misma noche? Alguien tocó a mi puerta y mi mayor sorpresa fue encontrarme allí afuera a un extraño ser, un hombrecito casi de mi tamaño, con largas barbas y aspecto muy rudo que muy cortésmente se presentaba como "Dwalin": No era un hombre, era un enano, de esos de las leyendas de mi abuelo ¡Un Naugrim! ¡Aquí en mi casa!.

Pero no sólo era Dwalin, enseguida llegaron dos Enanos más, y luego tres, y luego ¡Cuatro más! Mi casa se llenaba de Enanos que nadie había invitado, y pedían comida, querían cenar y me pusieron a trabajar.
Muy molesta estaba cuando la puerta sonaba otra vez, eran dos Enanos más y con ellos venía el mago ¡Gandalf! Al fin entendía, Gandalf había traído ese montón de Enanos y todos estaban allí para hacerme una propuesta: querían que me uniera a su aventura.
-¿Por qué yo, Gandalf?- le espeté al fin -¿Por qué? ¿No ves que no soy siquiera una buena hobbit? ¿Qué voy a hacer yo en todo esto?-
-Mi querida Belladonna Bolsón, te conozco- dijo el mago con una sonrisa- Eres extraordinariamente habilidosa para robar-
-¿Qué?¿Ahora soy ladrona?- dije furiosa por tal insulto.
-¡Sí!- corearon todos los Enanos muy alegres por eso.
Me quedé perpleja y boquiabierta en medio de la sala cuando otra persona más llegaba a mi casa, otro Enano seguramente y yo ya no permitiría aquel relajo, furiosa fui a abrir la puerta y echar a toda esa gente de mi casa.
-Buenas noches, señorita- dijo el personaje que había llegado con una profunda voz y una amabilidad que hizo que se apaciguara mi temperamento.
Gandalf y los otros Enanos hicieron silencio al llegar aquel Naugrim y yo no supe qué decir, era aquel recién llegado un enorme y muy importante señor.
No sé qué me pasó, pero con aquel Enano me quedé profundamente impresionada y ya no tenía ganas de echar a nadie.
-Te presento a Thorin Escudo de Roble, señorita Bolsón, es el líder de nuestra compañía- presentó Gandalf y el Enano me saludó con un gesto que sólo los de la nobleza podían hacer –Creo que es hora de contar nuestra historia- agregó Gandalf.
Y todos los Enanos arreglaron la mesa para celebrar allí una reunión y la noche afuera había adquirido una tonalidad violeta como si un hechizo mágico hubiera caído sobre toda la casa.
-No entiendo, yo sólo soy una simple hobbit, no sé nada de aventuras-
-Ni de dragones o batallas, supongo- dijo Thorin con una mirada penetrante. Obviamente él también dudaba de mí y eso me intimidó.
-Bueno, sí sé algo ¿Dragones? ¡Claro que he oído de ellos!- repliqué con orgullo y Thorin sonrió y luego miró a Gandalf. No sé qué tramaban esos dos, pero tampoco permitiría que pensaran que era una debilucha –Yo no soy una niña bonita si eso están pensando, que no sirve para nada sino para cocinarles a ustedes-
Todos los Enanos rieron, y Bofur me guiñó el ojo con complicidad, dejándome perpleja.
-Eso me gusta- dijo Thorin sorpresivamente y su sonrisa ocultaba muchas cosas. Entonces noté algo ¿Qué le pasaba a ése conmigo? No sé pero me quedé sin argumentos y ya no estaba tan molesta, sino que tal vez tendría más paciencia con ellos.
-Siéntate, Bella- dijo Gandalf tranquilamente- Rebelde y traviesa hobbit... Oye nuestra historia-
Kili y Fili, que eran unos Enanos muy jóvenes y simpáticos, me llevaron a la mesa y me sentaron con mucha ceremonia, colocando con cuidado unos vasos ahí para servir un poco de cerveza. Bombur por su lado avivaba el fuego de la chimenea y otro Enano llamado Dori recogía las sobras de comida que sus compañeros había dejado por ahí.
De repente ya no me sentí tan ajena a todo eso, se sentaron todos conmigo en la mesa y después de unos tragos de cerveza y algunas bromas, Thorin los hizo hacer silencio, pues él tenía que hablar.
No sé si fue la profunda voz del Enano, pero la narración de Thorin me transportó a tierras desconocidas, muy lejos de mi agujero-hobbit y de todo el mundo que había conocido.
Después de oír la historia de Thorin mi corazón reflexionó, estaba conmovida pues aquel Enano tan majestuoso y rudo en realidad tenía una gran pena en su alma. Todos ellos, de hecho. Ya no sentía a aquellos Enanos como intrusos… sino que empezaba a sentir una camaradería que nunca antes había tenido con mi propia gente, los hobbits.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario